Camilo Cienfuegos, el más brillante de todos los guerrilleros

«La primera vez que vi a Camilo tenía una rodilla podrida», rememora Alvis Ochoa como si mayo de 1957 fuera ayer.

«Fui a curarlo. Y él enseguida me preguntó que si era enfermero y le dije que era veterinario. Aquello llevaba una cura de caballo», asegura al visualizar en su mente el estado de la rodilla magullada por el ambiente demoledor de la Sierra Maestra.

Varias veces tuvo la pierna del hombre que –aunque el propio Fidel Castro le pidió que abandonara la vanguardia por ese estado- jamás dejó de encabezar el paso del grupo de guerrilleros por la madre de la cordillera oriental. Inició así una admiración que terminó en una profunda amistad.

«Camilo tenía un corazón inmenso. La sonrisa que anda en cada foto era eterna, aunque no hubiese deseos, ni motivos aparentes. Jamás faltó a un combate y era quien con su M2 abría el fuego. No por gusto, el Che en uno de sus discursos lo nombró el más brillante de todos los Guerrilleros».

Toma un sorbo de aire. El dolor por la ausencia se acomoda en sus ojos. Regresa al año 1958.

«Nunca perdió la oportunidad para hacer fácil las situaciones. Para hablar de Camilo hacen faltan muchos años». Una sonrisa se le dibuja en el rostro. Una «Camilada» se le posa en sus recuerdos:

«Cuando Fidel dio la orden de hacer la invasión con las Columnas 2 Antonio Maceo y la 8 Ciro Redondo, le preguntó si ya había escogido a sus hombres. A lo que él respondió a ráfagas:

-Claro.

-Y, ¿cómo son?, insistió el Comandante en Jefe.

-Locos.

-¿Cómo que locos?

-Sí, Fidel porque para cumplir esa misión hay que estar loco.

«Ese carácter especial jamás le falló y nos llenaba de energías», añade.

El paso de los años se ha acomodado en el cuerpo de Alvis Ochoa. Ya no tiene la agilidad de cuando corría de una punta a la otra por los trillos serpentinados de la Sierrra Maestra o cuando domó a la fuerza el timón de un jeep e hizo que se moviera. Le cuesta moverse, por eso prefiere el diálogo en el portal de su casa en uno de los barrios capitalinos. Mas, la mente la echa a volar. No se ha dado cuenta que ha pasado el tiempo.

«Una de las primeras cosas que me sorprendió de Camilo fue verlo, en varias madrugadas cuando la tropa dormía, haciendo pinol –maíz tostado con azúcar-. Hasta que un día le pregunté el por qué y me dijo que ellos tenían que descansar porque se sacrifican mucho más», llega otra pausa. Una palmada sobre el muslo izquierdo espanta la quietud de las palabras.

«A nuestro paso por Ciego de Ávila, ya en la invasión, incluso cuando vivimos los días más terribles en el cruce por Camagüey, conocimos a una familia que nos dio cobija. Sus niños tenían tuberculosis. Al despedirnos le regaló 200 pesos para que los pudieran llevar a un médico», cuenta, quien usaba, también durante los días de la lucha guerrillera, un sombrero grande con una estrella de lata y le adornaba el rostro una tupida barba.

Pasada seis décadas nos recibe con gorra verde olivo y estrella roja en la frente.

«Muchas veces, cuando ya no podía con sus piernas se acostaba y me decía ahora tú eres Camilo. En una ocasión, llegó al campamento un matrimonio de ancianos con un caldero con arroz con pollo para él y como yo, supuestamente era él, me comí gran parte, pero al avisarle le dije que no le había dejado nada y él me miró con cara de pocos amigos. Segundos después, le di entonces lo que le había guardado», añade, mientras otra vez una sonrisa deja escapar el cariño por su amigo.

Alvis Ochoa no sabe el final de todas las personas que encontraron a su paso desde la Sierra Maestra hasta Yaguajay, donde llegó la Columna 2 Antonio Maceo en su ruta por la libertad. Fueron muchas las historias que conoció. Lo que sí afirma que unas cuantas como la de Zenén Mariño se resguardan con mucho dolor.

«Era mensajero de nuestra tropa. Lo cogieron los guardias y lo mataron porque lo subieron a un avión para que señalara por donde andábamos y no lo hizo. Cuando supimos lo que pasó vi llorar a Camilo. En cambio, a mí me dio por cantar La perrita pequinesa. Unos segundos después, me apretó, me dio las gracias y llamó a seguir la marcha», refiere.

Otras -en cambio- le roban la sonrisa porque le devuelven la jocosidad e ingenio del Héroe de Yaguajay.  

«Emulábamos entre nosotros muchísimo para ver quien primero lograba hacer las cosas. Una vez íbamos a atacar un cuartel y teníamos que brincar una cerca altísima. Lo hago y sigo, pero siento una voz que me llama. Pensé que lo habían herido. Viro y es cuando lo encuentro enganchado por una parte del pantalón, sin poder poner las manos en el suelo. Me decía “bájame”, imagínate todo aquello bajo las balas. Pero, le insistí, reconoce que en esta ocasión te di alante y asentó con la cabeza de inmediato por tal de que lo dejara caer. Al llegar al cuartel ya estaba rendido. Uno de los soldados había llamado al cese al fuego cuando se percató que era la tropa de Camilo», cuenta, mientras la adrenalina del ambiente sube y nos atrapa.

Justamente, en ese sitio, otra vez, el Señor de la Vanguardia dio una clase de dignidad. Se creció como un verdadero gigante.

«Ordenó que le prendiéramos fuego al cuartel y en eso apareció una niña y se le prendió llorando porque vivía ahí. No lo dudó. Retiró lo dicho», expresa con tono autoritario.

Sabe que recordar cada anecdóta obliga a esforzar la memoria para devolvernos a un hombre que supo, además, amar la cultura. Tanto así, que se inscribe dentro de la historia de Cuba como el primero que sacó al ballet del teatro y lo llevó a zonas rurales. Condujo a Carlos Puebla a Radio rebelde, sólo con la condición de que le cantara al pueblo y auspició el documental: Esta tierra nuestra, primera película cubana en la Revolución, donde se muestra el desalojo, de los campesinos atropellados por la Guardia Rural, una de las más impresionantes y cercanas imágenes para su momento.

Antes de despedirnos, Alvis Ochoca insiste que nunca olvidemos que Camilo Cienfuegos Gorriarán no podía ser diferente porque era «maceista, fidelista y martiano».

«En su mochila siempre le acompañó un libro sobre Maceo y contra Fidel, ni en la pelota», concluye un diálogo de más de una hora de la mano de su más querido amigo.

(Tomado de Juventud Rebelde)

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